DIABÓLICAMENTE ENCANTANDO

INVESTIGADORA: Zully Chacón M.

Departamento de Investigaciones Históricas – ANH

 

FICHA DE IDENTIFICACIÓN DEL DOCUMENTO:

  • Ubicación: Academia Nacional de la Historia – Archivo II
  • Sección: Civiles
  • Signatura: 2-454-3
  • N° de documento: 454
  • N° de expediente: 3
  • Temática: Hechicería
  • N° de folios: 196
  • Año: 1746
  • Lugar: Caracas

 

RESEÑA DE SU CONTENIDO: Autos seguidos por María Bernardina Suárez como madre de José Casimiro Suárez, contra María Mujica, por decirse haber maleficiado a dicho José Casimiro.

José Casimiro Suárez, mulato libre, hijo de la esclava Bernardina Suárez, se hallaba preso en la cárcel real de Caracas, para mediados del año 1744, por orden del tribunal eclesiástico por el delito de faltar a la palabra de casamiento dada a la parda libre Petronila Susana Moreno Mujica. Éste, luego de haber prometido esposar a Petronila Susana y de haber recibido un dinero de ella y de su madre, María Cayetana Mujica, para que realizara las diligencias conducentes a tal fin, se traslada a Puerto Cabello y se casa con otra.

Al regreso de José Casimiro a Caracas, madre e hija se quejan ante el provisor eclesiástico y éste procede en su contra enviándolo a prisión. Entonces entra en escena su madre, Bernardina Suárez, quien, con licencia de su ama, inicia una querella contra Petronila Susana y María Cayetana acusando a ambas de haber maleficiado diabólicamente a su hijo a través de una hallaca y tabacos que le enviaron a la cárcel con Juana Agueda Sánchez, “sambita” de catorce años, sobrina de María Cayetana.

La esclava Bernardina dice que madre e hija fueron a la cárcel un día a ultrajar con múltiples improperios a su hijo y que varios días después le fingieron amistad, simularon perdonarlo y le enviaron con la sambita los dos regalos: una hallaca de carne, “de esas que se hacen envueltas en hojas de plátanos”, y unos tabacos. Alega que al comerse la hallaca “instantáneamente estando bueno en sana salud lo perdió todo” manifestando demencia y que ellas hicieron eso para vengarse de su hijo por haberse casado con otra y no con Petronila Susana.

En este pleito sobre diabólico encantamiento y maleficio declaran varios presos; uno de ellos expone que un día vinieron las Mujicas, y Susana le dijo a José Casimiro que iba a matarlo, que ella no se quedaría con la vergüenza que él le había hecho pasar. El testigo dice que sintió miedo del cambio de conducta de Casimiro después de haberse comido la hallaca y fumado los tabacos; que esa noche la pasó fumando todos los cabos de tabacos que los demás presos arrojaban al suelo y que, por último, había inclinado la mirada sin hablar con nadie. Otro preso interrogado dice que después de dos o tres días de haberse comido la hallaca perdió los sentidos y hacía mil disparates como desnudarse, tomar del suelo cabos de tabaco y chuparlos hasta enmudecer totalmente. Otro señala que al comerse la hallaca se puso a hablar puras incoherencias y locuras.

Fue examinado por dos médicos; uno de ellos indica que lo hallo sin ver, ni oír ni entender, que no tenía calentura, que en la muestra de orina que le tomó no encontró ninguna anormalidad y que, en definitiva, le parece que padece una enfermedad sobrenatural. El otro señala que en la muestra de orina analizada aparecen sedimentos de gálico (sífilis) y esto puede ser lo que le produzca el estado de salud en que se halla.

Casimiro no sólo había dejado de habla, mirar, y escuchar, sino también de comer y dormir. Ante tal estado de deterioro físico y mental, las autoridades deciden enviarlo a casa de su madre, donde continuó dando manifestaciones de locura al escaparse y regresar días después, sin que la madre supiera de su paradero, o salir desnudo a la calle, según narra ésta.

Al denunciar la esclava Bernardina el embrujamiento hecho a su hijo, la “sambita” Juana Agueda Sánchez es detenida para interrogarla sobre los regalos llevados a Casimiro a la cárcel. Al principio niega habérselos entregado y, en consecuencia, es azotada y, una vez en la celda, la amarran a una columna donde unas presas le aconsejan que reconozca que entregó los obsequios a Casimiro porque si no sería expuesta a tormento en la plaza pública. Juana confiesa y es depositada en casa de doña María Ana de Bolívar.

Mientras tanto, son embargados los bienes de las Mujicas y son llevadas a la cárcel real. Entonces presentan sus respectivas “fe de bautismo” que las acreditan como cristianas, y alegan que en su barrio están reputadas como tales y que jamás se ha dicho que estén involucradas en hechizos o embrujos. Expresan que eso contradice el buen proceder cristiano y arreglada vida y que para que tal hallaca y tabaco tuvieran un efecto sobrenatural debían ellas tener pacto con el diablo; que, como católicas, no habían enviado la hallaca a Casimiro porque ese día estaba prohibido comer carne. Que si bien es una costumbre entre ellas hacer hallacas para la venta, las hacen los sábados y se venden los domingos, sobre todo en vísperas festivas. Dicen que dudan de la demencia de Casimiro porque si éste estuviera loco el cura rector de la iglesia catedral no le habría administrado por tres veces los santos sacramentos de la penitencia. Que si bien ellas habían visitado en la cárcel a Casimiro fue para reclamarle “y corregir el rumor que este había echado a voces” diciendo que Susana le había rogado para que se casara con ella. También dicen que en la cárcel fue público y notorio que Casimiro en tres ocasiones les pidió perdón por el daño causado, llevándoles una santa imagen de la Inmaculada Concepción.

Las Mujicas se ganaban la vida con la costura, la manufactura de tabacos y la venta de hallacas; pero, estando presas, exponen que al no trabajar se les han acumulado las deudas e insisten en su inocencia. Dicen que entre sus bienes tienen una esclavita de ocho años que aún deben, y por lo tanto no les pertenece; esto lo señalan porque en la sentencia se les obliga a pagar las costas del juicio. Permanecen tres largos años presas, entre la cárcel Real y el hospicio. En el juicio no se les logra probar el presunto encantamiento diabólico hecho a Casimiro y una real provisión emitida desde Santo Domingo las pone en libertad pero se les condena a pagar las costas por el juicio. Estas no están de acuerdo con tal obligación y apelan por a la Audiencia de Santo Domingo.

Mientras el pícaro José Casimiro evade el castigo por faltar a la palabra de matrimonio, al cabo de dos meses, se hallaba bien, recobrado el juicio y en buena salud como alegaron desde un principio las pardas.

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