Guardahumo, el Terror de los Llanos

INVESTIGADORA: Zully Chacón M.

Departamento de Investigaciones Históricas – ANH

 

 

FICHA  DE IDENTIFICACIÓN DEL DOCUMENTO:

 

  • Ubicación: Academia Nacional de la Historia – Archivo I
  • Sección: Civiles
  • Signatura: 12-4696-1
  • N° de documento: 1
  • N° de expediente: 4696
  • Temática: abigeato
  • N° de folios: 87
  • Año: 1798
  • Lugar: Calabozo

 

 

RESEÑA DE SU CONTENIDO: En Calabozo la población está asustada por los destrozos ocasionados por un indio del pueblo de Nuestra Señora de los Ángeles, el saqueador Nicolás Guardahumo.

 

 

En noviembre de 1798, Baltasar Fernández de Castro, teniente de justicia de Calabozo, decidió atender al llamado y constante suplicas que hicieran los vecinos por los frecuentes insultos– como se decía en la época a las acciones violentas de unas personas hacia otras, causándoles daños-[1] que los malhechores ocasionaban en los hatos y descampados, de esa jurisdicción. Entre ellos estaba el famoso salteador Nicolás Guardahumo, indio del pueblo Nuestra Señora de los Ángeles.

 

Según, el teniente de justicia de Calabozo, Guardahumo llevaba tres años ejercitándose en sorprender en los caminos a los pasajeros atropellándolos, descaminándolos, hiriéndolos, y aun matándolos. Así como asaltando hatos, matando ganado, llevándose caballos y robándose tanto en hatos como en casas de campo mujeres para gozarlas y mantenerlas en sus torpes tratos. Y por esa razón muchas mujeres blancas y de color, por encontrarse solas, habían abandonado las comodidades de sus casas y se habían retirado a la Villa, para resguardarse, tanto ellas como sus hijas, de las violentas acciones de dicho salteador y sus compañeros.[2]

 

El teniente señalaba que habían sido infructuosas las diversas diligencias llevadas a cabo por sus antecesores y jueces para atraparlo. Que tampoco lo había logrado la ronda del juzgado de Llanos porque ésta no se presentaba con frecuencia en esa jurisdicción, y en las pocas ocasiones que había visitado la región nunca lo habían aprehendido. Para resolver tal situación había nombrado como comisionado a José Álvarez, indio del pueblo de Nuestra Señora de los Ángeles, para que lo auxiliara con indios de su propio pueblo y el de la Santísima Trinidad en la tarea de apresar a Guardahumo, lo que finamente les dio resultado. Y para averiguar los delitos de aquel había mandado que se hiciera sumaria información examinando a tres indias y dos compañeros que andaban con el transgresor.

 

Una de las testigos, María Matea de la Encarnación, india del pueblo de Camatagua, de catorce años, dijo que andaba con Nicolás Guardahumo desde el verano pasado ya entrado el invierno. Contó que, errando en compañía de José Domingo Villasana, quien se la había robado de su pueblo en el invierno pasado, José María Oroneo y María Bárbara Gutiérrez, por Orituco arriba, les dio alcance Guardahumo- quien venía siguiéndolos por las huellas que iban dejando en el camino, y uniéndoseles les comentó que andaba huyendo.

 

Ella expuso que decidieron huir de Nicolás Guardahumo, pero éste los alcanzó conjuntamente con José Tomás y Juana María, quienes lo acompañaban. Al tratar Nicolás con injurias al concubino de ella emprendieron nuevamente la huida. Y de nuevo Guardahumo las alcanzó, tumbándolas a planazos. Él le propuso que fuera su mujer y acto seguido la montó en el caballo, dejando quieta a su compañera para que siguiera con los otros. María Matea indicó que de allí se desplazaron a las montañas del Calvario, luego a Orituco y Guariquito, que en esos intermedios Guardahumo mataba ganado para comer y robaba bestias para transitar y cazar ganado, que viniendo de Orituco a Guariquito se encontraron con varias parejas de indios, e incluso una de ellas con dos hijos. Estos, que también eran del pueblo de Nuestra Señora de los Ángeles y tenían por su gobernador a Guardahumo, andaban por los partidos aterrorizando a los viajeros, robando ganado y bestias. Señaló que oyó relatar a Nicolás cómo habían matado a un hombre y despojado de su ropa. Esto lo narró en español aunque por lo general hablaban entre ellos en una lengua que ella para nada entendía. [3]

 

Luego dijo que los indios habían dejado a las mujeres al otro lado de los caños y que, cuando regresaron, trajeron ropa y una escopeta, la cual se la quedó Guardahumo. Repartieron la ropa entre ellos y a ella le dieron por fustán una camisa, dejando en claro que aquello lo habían extraído de la casa de Álvarez. A los días, separándose el grupo, ella se quedó con Guardahumo y José Tomás Esqueda con Juana María Aponte sin hacer más daño que matar ganado para comer. Mientras estaban errando por los parajes hallaron a un tío de ella y su mujer, quienes se le unieron para ir a Guariquito a colmenear. Otro día fueron ella y Guardahumo a colmenear y los que se quedaron en el rancho al regresar les dijeron que los indios que anteriormente erraban con Guardahumo pasaron con ropa y otras cosas, como una colcha labrada, sombreros de boleros negros y de palma, trastos y otros géneros, y que iban hacia Guariquito abajo. Guardahumo y compañía fueron apresados a los cinco días de haber llegado a la zona. [4]

 

La otra india interrogada, Juana María Aponte, del pueblo de la Santísima Trinidad, mujer de José Tomás y de dieciséis años, contaba que estando en el monte en compañía de una hermanita recogiendo uveros se la robó Juan Cecilio, indio del pueblo de Nuestra Señora de los Ángeles, y se la llevó al Orinoco, donde se juntaron con Guardahumo, que tenía, por aquel entonces, a Alejandra como concubina. Luego, Juan Cecilio, con el pretexto de irse a trabajar, nunca volvió, dejándola sola. De allí marcharon en compañía de Guardahumo al Guárico, donde se les unió Alejo, indio del Rastro, que la hizo su concubina. Luego Alejo se peleó con Guardahumo y éste se marchó. De allí se trasladaron a las tierras del Alcornocal, en el sitio de las Animitas, donde Guardahumo las dejó, a ella y Alexandra, para que ésta pariera en casa de su tío. Luego José Tomás se presentó en esa casa y la sonsacó diciéndole que se iba a casar con ella. De allí marcharon para Guariquito a encontrarse con Guardahumo. Luego fueron a los montes de Orituco, donde Guardahumo raptó a María Matea quitándosela a José Domingo.

 

Después se fueron a los montes del Calvario y en Guárico se encontraron con varias parejas de indios de la Misión arriba, o Pueblo de Nuestra Señora de los Ángeles, juntándose todos para robar en una casa en los Cañitos, de donde se llevaron varios efectos, entre ellos una pieza de enganipola. Después de ese robo cada quien tomó rumbos diferentes: Guardahumo y José Tomás marcharon con sus mujeres a unos conucos que tenían en una quesera de Caicara, en el sitio del muerto. Juana María relató que, antes de unirse Guardahumo con María Matea, una noche, cuando ella y José Tomás andaban en su compañía y observaron una candela, se adelantaron sin ella, y entonces oyó una voz que decía hermanito no me mates. Cuando regresaron trajeron una silla, un machete, una punta de cuchillo, un sombrero y unas varas de tela, con la que ella hizo fustanes, y su concubino le dijo que Guardahumo hirió a un hombre y que su acompañante había huido de tal suerte. Dijo que eso sucedió en el Caño del Caballo.

 

Siguió contando que en el Orinoco Guardahumo había herido a otro hombre, que iba con su mujer y una muchachita, a las cuales montó en su canoa y se las cedió a un negro esclavo de un hato. También refirió que le había oído decir que mató a un hombre blanco que venía acompañado de su mujer e hijos y de un peón, al que también mató.

 

Otro de los bandidos, José Tomás Esqueda, vecino del Pueblo de la Santísima Trinidad, soltero, de edad de más de treinta años, de calidad indio y de oficio peón de conuco, declaró que viviendo con su cuñado y la mujer de éste en el Alcornocal, en el sitio de las Animitas, se presentó Guardahumo con la india Juana María, que traía del Orinoco, y con Alejandra, su concubina, que venía a parir. Que de esa manera había conoció a Juana María, a la que le propuso matrimonio. Luego con ella y con Guardahumo marcharon hacia el Orinoco. Pero cuando quiso desposarla, en el pueblo de Cuchivero, Guardahumo se opuso porque estaban en tierras extrañas a la que ellos pertenecían. Dijo que en los montes del Alcornocal Guardahumo salía a robar en los conucos y a matar ganado en las sabanas para comer. Asimismo narraba que, en un río donde se sacaba manteca de tortuga, hallaron una curiara con tres indios que los invitaron a beber guateguan, que todos se embriagaron y uno de ellos, que atacó a Guardahumo para quitarle la muchacha que traía, huyó en una canoa y cuando Gardahumo lo alcanzó y lo hirió, se lanzó al río para salvar su vida. Se decía que logró sobrevivir y estaba en Cabruta.

 

También contó que, cuando vivía con su cuñado en las Animitas, Nicolás Guardahumo se presentó con dos niñitos y una mujer blanca que dijo que Nicolás había matado a su marido y a su peón y a la cual su cuñado colocó en casa de doña Francisca Sanojo. También habían asaltado dos veces a unos arrieros quitándole a uno de ellos unos quesos y calzones viejos. Y en el Guárico, en la boca de abajo del Caimancito, se unieron con unos indios y sus mujeres para asaltar una casa en los Cañitos, propiedad de un tal Alvares, donde los peones huyeron dejando solas a cuatro mujeres y a los niños. Allí robaron una escopeta que Guardahumo vendió a un tal José en los conucos, unas telas que dio a las mujeres, unos sombreros de cogollo, varias ropas y trastos usados.

 

También dijo que, en el Caño de los Caballos, al anochecer habían asechado a dos zambos para quitarles las sillas de sus monturas. Estos los habían invitado a cenar y, cuando uno de ellos le dio un cuchillo a Guardahumo para cortar la carne, con ese mismo cuchillo los atacó hiriendo al otro, y que sin embargo ambos logrando huir dejándoles las sillas, un machete y corte de fustán de brin, dos cobijas viejas, ropa vieja y un chinchorro. Luego, en las queseras del Caicara desde una de cuatro curiaras que pasaron alertaron a Guardahumo que la justicia lo estaba siguiendo. Estos llevaban un trabuco, hojas de sable, una colcha fina, una pieza de listados, sombreros y otros trastos que habían robado en los Cañitos, donde dejaron a un blanco muy mal herido.[5]

 

Al ser interrogada, Alejandra García, mestiza del pueblo de Barbacoa que había sido raptada por Guardahumo, dijo que eso sucedió en Los Blanquitos, en el hato de Bartolo Sanojo, donde ella andaba con una muchacha y su padre, y se les presentó Guardahumo y otro indio, con arco, flechas y machetes, exigiendo a este último que les permitiera hablar con ella. Cuando se negó, lo atacaron con los machetes, montaron a ambas en sus caballos y se las llevaron a los montes de Guárico. También declaró, al igual que los anteriores testigos, que mataba y robaba ganado para comer. También dijo que se les unió un negro esclavo de Sebastián Vélez, que en el hato de Altagracia robaron unos quesos, una cobija y un freno, y luego un caballo con freno y un sombrero. Después Guardahumo la dejó en las Animitas para que pariera y desde entonces no lo había visto más.[6]

 

Guardahumo tenía un rancho en las inmediaciones de Santa Catalina, jurisdicción de Calabozo, donde vivía un conuquero negro que lo conocía desde pequeño. Al ser interrogado e interpelarlo, dijo que no había denunciado a Guardahumo porque le tenía miedo, porque se decía que era tan brujo que lo más mínimo que hablaran [de él] lo sabía.[7] Otro vecino de la villa que atestiguaba en contra de Guardahumo comentaba que éste inculcaba a los indios y al vulgo ignorante que tenía un pacto con el diablo para no ser apresado y soltarse de las prisiones y que hacía más de tres años que andaba huyendo por los montes.[8]

 

Al ser interrogado, Guardahumo dijo llamarse Juan Nicolás Ochoa, natural de San Felipe y vecino del pueblo de Nuestra Señora del los Ángeles, de treinta y dos años, casado, de calidad indio guamo y de oficio labrador; que andaba por los montes desde hacía doce años cazando, pescando y a veces matando ganado ajeno para comer y cogiendo en los hatos caballos ajenos que luego dejaba sueltos en las sabanas. Confesó los robos, asesinatos y raptos de mujeres señalados por los testigos anteriores. Declaró haber asaltado a los zambos en el Caño de los Caballos, herido a uno de ellos para quitarles la silla de montar porque él y su compañero andaban en pelo de caballo; haber matado a Borges y abusado de su mujer, pero no admitió haber matado al peón, al cual dijo que lo mataron sus compañeros. Dijo que estuvo implicado en el asesinato del indio que le invitó a beber “guateguan” porque éste quería quitarle a una de las mujeres que andaban con él. Indicó que luego del suceso de los zambos se fue a Santa Catalina, al conuco de un negro, al cual le trabajó seis días y luego de la paga, que le fue hecha en géneros de telas, se puso hacer una canoa que dejó en el rancho que tenía en el mismo conuco, llevándose una más pequeña que era del negro. Confesó ser el capitán de las partidas de indios que por temporadas andaban con él. [9]

 

Juan Nicolás Ochoa, alias Guardahumo, llamado la Fiera de los campos, tenía entre la gente de la zona fama de brujo y en el expediente se dice que se tiene como un hombre abandonado a la ejecución de los vicios de homicidio, abigeato, ladrón de cuanto encontraba, robador de mujeres, salteador de caminos, capitán de bandoleros, y el terror de los moradores y trashumantes.[10] Considerados estos delitos como graves por atentar contra el público y la sociedad, el fiscal de la causa solicitó que se le aplicara la pena de último suplicio, especialmente la horca, que se le descuartizara y se repartieran sus partes por los caminos que había transitado colocándolas sobre estacas fijas, para que sirviera de ejemplo a otros indios.[11] No obstante, el defensor de la causa, basándose en los privilegios que le dispensan a los naturales las leyes de estos dominios, expuso que se abstiene de aconsejar esa pena y que, para acordar con mejor acierto lo que corresponda, recomendaba que los reos se mantuvieran vigilados y con la mayor custodia hasta que fueran trasladados a la real cárcel a disposición de la Real Audiencia.[12]

 

Como los indios eran considerados menores de edad en la legislación indiana,[13] se les nombró como curador y defensor[14] a don Tomás Suazo y Arévalo, vecino de la Villa de Calabozo, quien alegó que las declaraciones tomadas a las indias no debían usarse como testimonio para la aplicación de la pena capital porque no eran personas idóneas y que el castigo debería ser de azotes. Suazo y Arévalo trataba de exculpar los delitos de los indios basándose en su estado de ignorancia –ignorantia iuris– y su irracionalidad.[15] Argumentaba que a ellos no se les acusaba de haber vendido grasas, cueros, puntas de ganado, de mulas o de robos de mayor consideración. Aseguraba que vestidos de su pura ignorancia andaban por los campos vagueando como es su profesión natural, y que solo tomaban lo necesario para su sustento, y transporte; lo que no es mucho, pues viéndose estos hombres despojados de sus tierras que les dio la naturaleza por los españoles que las habitan, tomen lo necesario para la conservación de su vida, por cuya razón viéndose atropellados, y desposeídos de ellos tal vez harían los homicidios supuestos que se les acusa. [16]

 

Alegaba que si los corregidores hubieran protegido los fueros, regalías y privilegios de los indios sin apoyar el despojo y usurpación de sus tierras, no se verían éstos obligados a conseguir el alimento de la caza de venados, cachicamos y otros. Indicaba que los exabruptos cometidos por los indios eran producto del hambre y de la desnudez en la que se encontraban; que eran hombres que se había visto precisados a abandonar sus poblaciones y tirarse a los campos en búsqueda de alimentos, que no merecían la pena capital dado su estado de ignorancia e irracionalidad.[17] En cuanto a los raptos de mujeres, el defensor decía que éstos eran voluntarios; que esas mujeres, si hubieran querido escapar de sus captores, lo habrían podido hacer ya que oportunidades habían tenido. Además, Guardahumo les daba trato amoroso, como lo demostró con Alejandra, llevándola a las inmediaciones de su casa para que pariera.[18]

 

En resumidas cuentas, el defensor y curador de los indios solicitaba al teniente de justicia que los declarase inocentes de los cargos que les imputaba el fiscal; que bien podía aplicárseles alguna pena para escarmiento de los otros, y que se dejaran en libertad. Alegaba que a esos barbaros indios debía mirárseles con misericordia, porque, si bien habían cometidos algunos delitos, éstos eran producto de su estado de ignorancia. Señalaba que si él, como defensor de los reos, hubiese sido un profesor de derecho, a éstos se les habría dado la justicia que él tanto había solicitado. Pero que a él no se le había capacitado para llevar a cabo tal defensa. No obstante, pedía la indulgencia más factible que pudieran ofrecerles las leyes, ya que ellos no se merecían el criminoso castigo que pide el fiscal.[19]

 

Argumentaba que la responsabilidad de cometer los indios tales delitos se debía al abandono en que tenían los corregidores los pueblos de indios. Al hallarse éstos desarticulados de un padre que les de la doctrina necesaria, siguen los impulsos de su naturaleza, dados al ocio y embriaguez y a la falta de interés de las autoridades en aprehenderlos en su oportunidad. Señalaba que por tal razón a esos ignorantes no se les podía aplicar toda la pena de la ley como solicitaba el fiscal.

 

El defensor de la causa establecía la defensa alegando la ignorancia de los indios, la lejanía que mantenían con respecto a la gente, la convivencia con las fieras, el residir en un mundo salvaje. Por tal razón, solicitaba que los testigos citados a favor de los reos declararan, entre otros interrogantes: ¿Que si saben que dichos indios son unos idiotas poco civilizados en el comercio de las gentes, habiendo sido los destinos de estos vivir en los campos en unión de las fieras? ¿Que si saben que éstos bajo su propia brutalidad se hicieron dueños de campos y desiertos por el miedo y cobardía que mostraban las autoridades locales para detenerlos? Si es verdad que salían las rondas de los jueces ordinarios, hermandad, de la Judicatura de Llanos y jamás los encontraban porque estos no los buscaban, hasta que el teniente de justicia puso empeño y lo consiguió? ¿Que los asesinatos que habían cometido eran por la necesidad en que se hallaban? ¿Que los indios matan ganado para mantenerse y no para venderlo? ¿Si es verdad que la gente le daba a Guardahumo una gran fama de brujo por cuyo motivo se le prostituían las mujeres y lo seguían a la más leve insinuación, sin que éste usara otros métodos, ellas lo seguían por propia voluntad?[20]

 

Algunos contestaron que no eran indios idiotas, que eran ladinos y racionales y todos les temían. Que Guardahumo era médico curandero, que mataba no sólo ganado para comer sino que también vendía las grasas a los jaboneros y todos habían oído que asesinaba.[21] Para 1802 serán ejecutados en la horca Guardahumo y José Tomás Esqueda, cortadas sus cabezas se colocaron en estacas en el sitio de Parmaná, donde mataron a Borges y su peón.

El alma de Guardahumo existe en el imaginario colectivo de Guárico, simbolizada en una llama errante que deambula por la misión de Abajo.

 

[1] Acontecimiento violento o improviso, para hacer daño. Se toma también por el efecto u daño ocasionado por el insulto. Diccionario de Autoridades. Edit. Gredos, Madrid, 1979.

[2] Ibídem, fol. 1

[3] Ibídem, fol. 1vto y ss.

[4] Ibídem, fol. 2 y ss.

[5] Ibídem, fols. 6 al 8

[6] Ibídem, fol. 8 y ss.

[7] Ibídem, fol. 10 y ss

[8] Ibídem, fol. 12

[9] Ibídem, fols. 17 al 21

[10]Ibídem, fol. 49 vto.

[11] Ibídem, fol. 50 vto.

[12] Ibídem, fol. 50 vto. y ss.

[13] Véase: Martha Norman Oliveros. La construcción jurídica del régimen tutelar del indio. Revista del Instituto de Historia del Derecho Ricardo Levene. Buenos Aires, Nº 18, 1967; Paulino Castañeda Delgado. La condición miserable del indio y sus privilegios. Anuario de Estudios Americanos. Sevilla, Nº XXVIII, 1971; Francisco Javier Andrés Santos y Luis C. Amezúa. La moderación de la pena en el caso de las personae miserabiles en el pensamiento jurídico hispanoamericano de los siglos XV y XVII. Revista de Historia del Derecho. Buenos Aires, Nº 45. 2013; Santiago Gerardo Suárez. Los fiscales indianos. Origen y evolución del Ministerio Público. Edit. Academia Nacional de la Historia. Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela, Caracas, 1995

[14] Persona nombrada por el juez para seguir los pleitos y defender los derechos del menor. Joaquín Escriche. Diccionario Razonado de Legislación y Jurisprudencia. París, 1858

[15]  Autos seguidos de oficio de justicia contra Nicolás Guardahumo…,  fol. 26 y ss.

[16] Ibídem, fol. 27

[17] Ídem  y ss.

[18] Ibídem, fol. 28

[19] Ibídem, fol. 48

[20] Ibídem, fol. 37 y ss.

[21] Ibídem, fol. 38 vto. al 43

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