“PRIMERO MUERTA QUE SUJETADA” VIDA RELAJADA Y ESCANDALOSA DE UNA JÓVEN CARAQUEÑA

FICHA  DE IDENTIFICACIÓN DEL DOCUMENTO:

 

  • Ubicación: Academia Nacional de la Historia – Archivo II
  • Sección: Civiles
  • Signatura: 9-3587-2
  • N° de documento: 3587
  • N° de expediente: 2
  • Temática: conducta
  • N° de folios: 26
  • Año: 1789
  • Lugar: Caracas

RESEÑA DE SU CONTENIDO: Expediente por Leonardo Ponte y Francisca de Ortega, tío y sobrina, contra su legítima hija Bárbara Ponte; sobre no querer sujetar, ni corregir.

 

“PRIMERO MUERTA” QUE SUJETADA

VIDA RELAJADA Y ESCANDALOSA DE UNA JOVEN CARAQUEÑA

 

 El 1° de agosto de 1789, Leonardo Ponte, padre, y su sobrina Francisca Ortega solicitan al alcalde ordinario de Caracas que recluya a su hija, Bárbara Ponte, en una casa de honra (hospicio). Por hallarse ésta fuera de su casa viviendo donde le parece a su libre albedrío, sin querer sujetarse en casa de ningún pariente y cuando su madrina la ha conminado a vivir con ella ésta responde que “primero muerta”. Indican al alcalde que por este motivo él y su sobrina han acudido a varias casas de honra para internar a Bárbara, pero no lo han logrado porque de todas estas casas han expresado que mujeres de esa naturaleza, no las quieren ahí bajo ningún concepto.

Tres días después, Bárbara se halla presa en el Hospicio de la Caridad de San Pablo y desde allí le escribe al alcalde pidiéndole que le haga saber las razones de su prisión. Dice no conocer el origen de su reclusión y demanda que la deje en libertad. A Bárbara se le da a conocer el memorial presentado por su padre y su prima. Ella alega, para su defensa, la causa por la cual no vive con su progenitor. Argumenta que no vive con su padre porque éste quiso abusar de ella, y acto que denunció ante el cura de Altagracia y el alcalde, de aquel entonces, Juan Francisco Solórzano. Éstos, ordenaron, por el peligro que la amenazaba, que no viviese con el padre. Ruega que se le admita declaración de testigos.

 Los testigos de Bárbara declaran que es una mujer quieta, y no ha dado escándalos. Uno de ellos dice que vive de su trabajo personal como moler trigo para la confección de pan que se expende en pulperías y de coser. Otro dice que el padre la maltrataba que él un día “le compuso una mano” a Bárbara porque se la había dañado por un golpe que le había propinado el padre. El cura de Altagracia testifica que debido a los golpes y otras causas Bárbara había sido depositada en otra casa de la ciudad.

El padre de Bárbara indica que en el juicio presentado contra su hija, por llevar una vida relajada y escandalosa, se le ha hecho saber que ésta solicita su libertad y pide que se le condene a él a pagar las costas del juicio. Señala que no se le libere por el estilo de vida que lleva “entregada a la lascivia sin temer a Dios ni al Rey”. Que Bárbara ha traspasado los límites al acusarlo a él de pretender “despojarla de su virginidad con el objeto de no acatar la subordinación y claustro en que él procuraba tenerla”. Que al ser ésta una mujer, de 20 años, “una holgazana, escandalosa, entregada a la concupiscencia, al libertinaje, al lujo, sin oficio conocido, ni aplicación a ningún arte, y en una palabra de la clase de aquellas que viven y moran en la calle día, y noche, bien vestida, mejor comida, sin hacienda, ni rentas que la sostenga” debe estar presa. Porque las leyes de este gobierno “autorizan que las mujeres que ejercen la prostitución se reduzcan a un hospicio público o se saquen de las ciudades por el grave mal que causan con su prostitución y mal ejemplo a las demás mujeres”.

Bárbara se queja. Dice estar pasando mucho trabajo porque no tiene como pagar un abogado y que el tribunal debió haber obligado a su padre a que le pasara un diario para solventar su alimentación y demás gastos que genera su reclusión. Le suplica al alcalde que obligue a su padre a pasarle para su manutención y de no hacerlo se la coloquen en una casa honrada, de las tantas que hay en la ciudad, en la que pueda trabajar para su sustento y pide que se le deposite en casa de doña Lucia Peña. El alcalde manda a que el padre le contribuya con dos reales diarios.

Bárbara insiste en el estado miserable en que se halla porque su padre no ha cumplido con lo asignado de su diario. Ella expresa que con esa actitud que presenta su padre se puede ver que “es un hombre impío y sin caridad”. Que él lo que desea es que ella muera de hambre para poder doblegarla, “para que viva con él y consienta sus lascivas pretensiones y torpe incesto”.

 

Bárbara expone que en la injusta infamia que su padre ha levantado contra ella, él no ha probado nada, que no ha presentado ningún testigo, que nadie ha declarado en contra de su honesta vida y buen proceder, que a ella no se le ha aprehendido en ningún acto delictivo. Que su “ingrato y tirano padre” no ha consignado ninguna prueba de su acusación, por lo tanto ella solicita la nulidad del proceso. Dice que su padre le ha causado “un enorme agravio a su honor y buena fama” y que no solamente se le libere, sino que públicamente quede demostrada su inocencia y buena reputación.

El 19 de octubre de 1789 se libera a Bárbara, pero, antes se cita al padre para que ésta haga en su presencia “las más vivas demostraciones de sumisión y obediencia”, y se le ubica en la casa de doña Lucia Peña, previniéndole a ésta que cuide y vigile la conducta de Bárbara y notifique al Tribunal cualquier desorden que ella cometa.

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